Como os conté, ella sabía que algo pasaba. Mientras él la decía que no quería cortar, pero que le pasaba algo muy extraño, ella lloraba como una magdalena.
Tenía los ojos rojos, cual tomates se trataran. Rojos, sí, y además inflamados de haber estado llorando tanto los últimos días...
Sus amigas la consolaban como podían: el pueblo, el verano, bachillerato... pero ella no podía dejar de llorar, le dolía la cabeza como si estuviera con resaca, ni si quiera podía ver bien...
Se había puesto a pensar cómo podía querer tantísimo a una persona... se había enganchado a él. A sus rísas, sus besos, su piel, su pelo, su olor... Esa forma de hacer el tonto que tenía... Era imposible dejar de estar así con él. No solo le quería, le amaba, no podía dejar de hacer otra cosa. Era lo mejor que le había pasado en la vida.
Ella creía que todo era muy fácil, cuando quisiera podría dejarle, no estaba enganchada, tampoco eran uña y carne, pero algo había pasado. En unos meses, esto se complicó. Y es que, estaba tan enamorada de él que no tenía otra cosa en la cabeza. Se había propuesto no decirle nada de sus lloros de amor no correspondido pero no podía más. Tenía que decírselo. Si no, no le haría mucho caso, como había hecho estos días.
Lo cierto es que ella estaba enamorada, él también, pero ultimamente no lo demostraba mucho. Ella solo podía pensar en que no la dejara, en que la quisiera como el primer día, como lo había hecho hasta entonces.
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