miércoles, 23 de mayo de 2012

una tristeza infinitamente larga

Cierras los ojos y le ves. Te sonríe como lo hizo un último día en el que le besaste en la mejilla. Sientes que tiene fiebre, él estaba enfermo la última vez.

También sientes, cómo te da la mano. Esas manos morenas como un conguito, dañadas por el trabajo de tantos años en el campo, con esas venas que notas mientras suben y se acercan a su cuerpo.
Sientes su calidez en la mirada y hasta puedes sentir sus ojos, brillantes como en una despedida. Esa nariz redonda y esas orejas grandes.
Sientes esa verruguilla pero ¿dónde está? ya no lo tienes en mente... se te ha olvidado. Se olvida y tú recuerdas cómo llorar; lo llevas a cabo.
Notas la suavidad de su corbata, esa que jamás se quitaba por obligación. Mi abuelita siempre se la ponía para que no cogiera frío. Sientes la textura del jersey color vino, con una hilera de negros botones en el centro, siempre abrochados.

Sientes que echas de menos su sonrisa y también sientes que siempre vas a echarla de menos.

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