sábado, 9 de junio de 2012

Cuatro meses

Me pregunté cómo es que hacía 'tanto tiempo' que mis ojos no derramaban sueños. De repente, caí en la cuenta: estaba llorando de nuevo. No era una de esas veces que lloras desconsoladamente durante un largo rato, sino una de las que estás horas y horas escribiendo tristezas, recordando cada segundo que pasaba a su lado, a cada lugar que te llevaba, cuando te reñía, se enfadaba llamándote 'vaga'... incluso cómo tu primo te contaba anécdotas de la niñez junto a él.
Ayer, terriblemente habían pasado cuatro meses. Desde que saliste de clase y yendo hacia el coche rezabas y deseabas que tu padre no te dijera nada malo. Cómo al verte, se le cayó el alma y te dijo se había marchado; cómo lloraba mientras te lo decía y cómo se volvía a meter en el coche. Tú entrabas, te sentaste en tu sitio de siempre, el izquierdo; mirabas a la nada y llorabas. Llorabas como si de tu corazón hubieran arrancado una parte tan grande, como tu mundo entero. Llegabas a casa, tiraste rápidamente la mochila y, encerrada en tu cuarto, comenzabas a llorar. Jamás habías llorado de esta forma. Estabas llorando como si de verdad, te faltara algo. Un llanto desgarrador sonaba por todos los rincones de ese hogar. ¿Uno solo? No. Se escuchaban más de uno. Hasta tu pequeña perrita lo sabía. Cogiste tu teléfono y comenzaste a ver fotos, vídeos... vídeos de él, de su voz. Entró tu padre en tu habitación, alarmado por tus gritos. Quiso consolarte pero él mismo sabía que no era posible. Los dos días peores en mi vida; aquellos en los que recuerdo cada momento como si hubieran ocurrido hoy mismo. 
Fuiste a por tu abuela y juntas, unidas en el abrazo más fuerte que habías sentido nunca, llorasteis y gritasteis; pedisteis al cielo por su alma; rogasteis a Dios el cuidado que él merecía.


Ahora, nuevamente es ella quien te cuenta sus anécdotas. De ellos dos juntos.

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