-Qué triste e incluso penoso es que estés viendo la tele, veas un anuncio en particular y tengas ganas de llorar-
Aún recuerdo esos veranos en los que mi abuela me decía que fuera con ellos al pueblo. Yo no quería ir; aunque pareciera extraño no quería porque ¡no quería tener más hermanos! Sí. Yo sabía que si dejaba a mis padres solos harían algo... una vez, estando en el pueblo le pregunté a mi madre -por teléfono- si se había quedado embarazada. ¡Qué tonto resulta, ahora mismo!
Llegaba a ese pueblo; el de mi abuelo. Entraba en la pequeña casa con -creo- cuatro pequeñas habitaciones, una cocinita que daba al pequeño patio, un saloncito -que no estaba nada mal-, un pequeñísimo baño y un hall mínimo.
Aún recuerdo aquellos días de verano como algo que ocurrió hace tanto tiempo, como en otra vida pasada. Mis recuerdos con un par de amigos de mi edad -los únicos del lugar-, yendo a la estación de Renfe, entrando en aquella solitaria oficina y jugando con los papeles de suscripciones de nosequé. Cómo mi abuelo detallaba con exactitud los apaños que una vez había logrado en los paneles de luz. Recogiendo 'periquitos' y dándoselos a mi abuela o yendo a la casa de la vecina: única piscina del pueblo -quitando el Camping de Monfragüe- donde jóvenes -ahora de mi edad- y niños -de 6 añitos, entonces- disfrutábamos del aroma inocente e infantil que nos brindaban.
Se respiraba otro mundo, un mundo paralelo inocente y veraniego; sin diferencias, con humildad y tantos recuerdos como años han pasado.
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